Relato · Junio 2025
La memoria del sonido
Me he enterado sin ninguna base de preparación ni esfuerzos diligentes, y con toda el hambre de vivir en la idea de otro, que la tierra resuena a 432hz —equivalente a 432 oscilaciones por segundo y a un sonido particular— y que esto se relaciona de algún modo a la música a través de la frecuencia del «La», que descansa en 440hz, hoy, aunque no siempre haya sido así. Hay quienes creen y plantean el interrogante del por qué el estándar de homogeneización social y reduccionista puede llegar a suprimir e imponer su pensamiento, con intereses claramente personales y desdeñables desde siempre, sobre el saber popular, las tradiciones, creencias y costumbres de ciertos sectores y latitudes menos importantes a sus ojos. La corta vista de la globalización ha arrebatado sueños comunitarios, alegrías colectivas y afectos invisibles. También en la música. Pero no sabía de su posible conexión con la vibración de la tierra como lo expresan sus vocerías.
Es una mera suposición ahora y no pretendo inclinarme a ninguna de las partes hasta no elaborar una breve reseña que solo leeré yo de manera seria y hará brotar, ojalá, un racimo de ilusiones. De la misma forma fatua y con la exacta proporción de flojera, sabremos que hace 70 años alguien dijo que eso era así, por convención entre países, para bien o para mal. También que un instrumento de cuerdas que viaja de la costa al páramo pierde su afinación y esto sugiere, en evidencia, que las diferencias en temperaturas y geografía podrían constituir una afectación de cómo se experimenta el sonido y claramente la música en el imaginario social.
Así, algún pueblo no globalizado, asentado a cercanías del mar, podría evocar músicas en afinaciones relacionadas a sonidos predominantes en su ambiente, como caracolas, el andar del viento y la precipitación de las olas sobre las rocas o la playa. Y una segunda comunidad plantada en las montañas andinas, logró desarrollar su construcción sonántica en común acuerdo con los monos ahulladores donde sus rugidos alargados —cruzando el bosque— intervienen en los devenires musicales de todos sus oyentes. Esto deja al descubierto el despropósito de nuestra discusión y ahora encara algo más profundo, más revelador, donde la música en sí exhorta todo sistema homogenizador y se declara en libertad de asumir cualquier orden, cualquier forma que le dé un lugar para nacer.
El sonido del viento es igualmente característico aquí o allá y la percepción musical es inevitablemente única. Entonces no sería nada inverosímil figurarse que al menos unos cientos de millones de imaginarios musicales identitarios hayan desaparecido y que los detractores de cualquier acuerdo reduccionista, emerjan como enemigos puros del lenguaje homogeneizador. Quien quiera creer en que el 432hz vibra más con el cosmos, experimenta por definición una transformación, una resistencia al olvido y las memorias sonoras de nuestros pueblos originarios —aún sin saberlo—, y puede reconocerse como un defensor del pensamiento libertario que insta a la emancipación de los ideales y los saberes populares.
Las cigarras, por ejemplo, no cantan a 432hz ni a 440hz. Podría decirse con certeza que ningun grupo de cicadas están interesadas en imponer su frecuencia preferida sobre las demás, ni homogeneizar nada de nada, más que lo que las une a todas como especie —su musicalidad—. Resuenan unas a otras sin ninguna mala intención. Algunas mueren demasiado pronto, otras viven más de lo normal. Las hay verdes, rojas, negras, aguamarinas, olivas, pequeñas y grandes. No luchan por alimento o espacio, hay suficiente para todas. No existe discriminación. Timbalean con el recuerdo maravilloso del amor sónico, escogiendo vibrar para encontrase. Desde dentro de la tierra, hasta su renacimiento, transformación y su mágico encuentro de amor vibrante.
En otra esfera, podríamos elegir encontrarnos como las cigarras y que el autoconocimiento exhume nuestras derivaciones como especie. La memoria del sonido se reajusta a cada instante y, al mismo tiempo, se repite para así grabarse en nuestra conciencia multitudinaria, que al igual que la música, persigue la armonía de las vibraciones de cada individuo cuando se colectiviza. Si hay algo semejante al agua es la música. Y los cuerpos sonoros somos recipientes irreductibles en forma pero infinitos en posibilidad. Lo que reafirma la ceguera depensamiento cuando creemos que solo hay un camino y más si escamino fue diseñado para nublar a los otros.
Ciudad del olvido, capital de la farsa y los eufemismos, 29 de junio de 2025 en un domingo caluroso con chirridos ocasionales en las calles.
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